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DESCUBRIMIENTO DE AMERICA
 

El descubrimiento de América constituye el más importante de los acontecimientos de la modernidad. Es un resultado que tiene sus causas en los cambios particulares y generales que se producian en el siglo XV. Esas causas hay que apreciarlas: a) en la configuración del incipiente capitalismo europeo; b) en el imperativo de las investigaciones y empresas maritimas; c) en las necesidades particulares que plantea la España de los Reyes Católicos; y Ch) en la individualidad del marino Cristóbal Colón

Para el siglo XV, la economia. de Europa dependia de una circulación monetaria, de un comercio de especias procedente de el Oriente y de una serie de prácticas capitalistas (operaciones bancarias, papel moneda, empréstitos) que controlaban genoveses, venecianos y florentinos. Las naciones necesitaban la moneda para hacer frente a los gastos administrativos que conlIevaba la consolidación de las monarquias. Las especías eran básicas para la dieta como para la conservación de las carries. Las Prácticas capitalistas regulan los intercambios, las exportaciones, los aprovisionamientos, la necesidad de prestaciones metálicas por parte de las monarquias. Para el 1453 los turcos asaltaron y se posesionaron de Constantinopla, enlace fundamental del comercio entre Oriente y Occidente que monopolizaban los italianos. La caida de Constantinopla restringió el desenvolvimiento comercial europeo, ya que los turcos exigieron grandes impuestos. De esta manera subieron los precios, comenzó a escasear la moneda y se hizo más dificil la adquisición de las especias.

Razones económicas fueron las que obligaron a los hombres y naciones de Europa a lanzarse a las expediciones maritimas. Especias y oro se vinculan como motivos fundamentales en la búsqueda de nuevas rutas que condujeran a la India, y en la que son pioneros los portugueses, quienes inventaron la carabela y estudiaron los técnicas maritimas en una escuela náutica fundada por Enrique el Navegante. Los portugueses se lanzaron por la ruta del Este, circunnavegando las costas de Africa, consiguiendo oro y nativos que condujeron a Lisboa (1441).

A partir de entonces, iniciaron los portugueses el tráfico de esclavos, una de las actividades más lucrativas del capitalismo europeo. La empresa portuguesa se amparó en una Bula Papal que convertia al territorio africano en un centro de Conversión cristiana. La Bula produjo en la Practicá una cacería de seres humanos con fines de enriquecimiento.

El oro y las especias también eran necesidades para España. En especial el oro, ya que la monarquia se encontraba endeudada a causa de las guerras civiles que emprendieron los Reyes Católicos para debilitar a la nobleza castellana, y porque la nueva administración demandaba una mayor utilización de recursos. Por otra parte, la economia española estaba imposibilitada de impulsarse a través del capitalismo comercial debido a la ausencia de una burguesia y a su proceso históricos. Razones como las señaladAs hicieron de España una nación dependiente de capitalistas extranjeros. La necesidad monetaria llevó a los Reyes Católicos a asociarse con Cristóbal Colón para organizar una empresa de exploración que buscaria una ruta más corta que condujera a la India.

Cristóbal Colon, natural de Génova, sostenia que navegando hacia el Oeste se podia llegar a la India en tiempo más corto. Este criterio se ampara en sus conocimientos náuticos, históricos, astronómicos y geográficos. Para 1484 ya era un marino experimentado, razón que le permite madurar su proyecto, que no fue aceptado por la corte de Lisboa. Este rechazo le lleva a Probar fortuna en España donde después de largas y dificiles gestiones, los reyes acuerdan patrocinar la empresa de Colón que contó con el apoyo de prestatarios como Luis de Santángel y los hermanos Pinzón.
Mediante las Capitulaciones de Santa Fe, documento firmado en
abril de 1492 se otorgan al marino genovés los siguientes derechos:

1o. Se le reconocía el titulo vitalicio y hereditario de Almirante de las islas y tierras que descubriese.

2o. Seria designado Virrey y Gobernador de los territorios descubiertos y recibiria el tratamiento de Don.

3o. Se le facultaba para invertir la octava parte de los gastos de la expedición.

4o. Recibiria el diezmo de todo el tráfico mercantil.

5o. Recogeria el octavo de las ganancias.


El 3 de agosto de 1492 una flota constituída por tres carabelas se hizo a la mar en el Puerto de Palos de Moguer, siguiendo, hacia el Oeste, la ruta de los vientos alisios. Las embarcaciones eran tripuladas por un centenar de personas, entre las cuales se encontraban los hermanos Pinzón y el cartógrafo Juan de la Cosa. Después de una breve escala en las Islas Canarias, Colón y sus hombres arribaron al continente americano el 12 de octubre del mismo años El arribo comenzó por el Archipiélago de las Bahamas. El Almirante tomó posesión de una isla que los indigenas llamaban Guanahaní, y a la cual denominó San Salvador. Posteriormente se avistaron nuevas islas: Cuba, a la que llamó Juana, y Haiti o Quisqueya, a la que denominó la Española. La creencia de que habia llegado a la India hizo que Colón llamara indios a los habitantes del Nuevo Mundo.


EL ENCUENTRO DE DOS MUNDOS

Lo primero que se produjo cuando los españoles y tainos se encontraron fue una situación de sorpresa y curiosidad por parte de los indigenas y de rastreo e indagaciones por parte del grupo del Almirante. Durante el tiempo que transcurró entre el descubrimiento de La Española y el segundo viaje de Colón (1493) se produjeron una serie de hechos conocidos: el naufragio de la carabela Santa María, cuyos restos sirvieron para la construcción del fuerte de Navidad (25 de diciembre), en que quedaron unos 30 hombres como guarnición al mando de Rodrigo de Arana, y bajo la asistencia del cacique Guacanagarix, de quien se dice que acogió anustosamente a los españoles. Esta guarnición cometió una serie de violaciones y desmanes en contra de algunos grupos tainos que produjeron la reacción bélica que emprendió principalmente el cacique Caonabo, y cuyo resultado fue la destrucción del fuerte y la muerte de los componentes de la guarnición.

En el año 286, el emperador Diocleciano dividió el Imperio Romano en dos: el de Occidente, que tenía como capital a Roma, y el de Oriente, cuya principal sede administrativa se encontraba en Constantinopla, hoy denominada Estambul.
En el año 476 desapareció el Imperio de Occidente, pero un pequeño comercio continuó existiendo durante varios siglos entre algunas ciudades italianas y países asiáticos.
Venecianos y genoveses navegaban por el Mediterráneo hasta Constantinopla o Alejandría, y desde esas urbes pasaban al Medio Oriente.
En esa zona compraban con oro, sedas y porcelanas de La India, China y Persia; esmeraldas y algodón de La India; zafiros de Ceilán; y rubíes del Tíbet. También adquirían perfumes y otros objetos de lujo; nuez moscada, jengibre, canela, pimienta y clavos (especias que eran usadas para condimentar la comida y conservar la carne durante el invierno).
Los genoveses y venecianos vendían estos artículos a reyes, príncipes y otros nobles europeos a elevados precios, y de esa manera obtenían fabulosas ganancias.
Dicho tráfico mercantil se incrementó grandemente con las Cruzadas, las que tuvieron lugar en el período 1095-1291. Pero quedó severamente disminuido a partir de 1453, año en el que los turcos, organizados bajo el imperio otomano, se apoderaron de Constantinopla y prohibieron el paso por allí de mercaderes Genoveses y venecianos, por considerarlos infieles. Estos eran cristianos y los turcos musulmanes.
Los gobernantes mahometanos de Alejandría cobraban elevadas sumas por permitir el paso a través de su territorio, lo que encarecía mucho las mercancías.

La Carta de Colón anunciando el descubrimiento



Señor, porque sé que habréis placer de la gran victoria que Nuestro Señor me ha dado en mi viaje, vos escribo ésta, por la cual sabréis como en 33 días pasé de las islas de Canaria a las Indias con la armada que los ilustrísimos rey y reina nuestros señores me dieron, donde yo hallé muy muchas islas pobladas con gente sin número; y de ellas todas he tomado posesión por Sus Altezas con pregón y bandera real extendida, y no me fue contradicho.

A la primera que yo hallé puse nombre San Salvador [isla Watling] a comemoración de Su Alta Majestad, el cual maravillosamente todo esto ha dado; los Indios la llaman Guanahaní; a la segunda puse nombre la isla de Santa María de Concepción [Cayo Rum]; a la tercera Fernandina [Isla Long]; a la cuarta la Isabela [Isla Crooked]; a la quinta la isla Juana [Cuba], y así a cada una nombre nuevo.

Cuando yo llegué a la Juana, seguí yo la costa de ella al poniente, y la fallé tan grande que pensé que sería tierra firme, la provincia de Catayo. Y como no hallé así villas y lugares en la costa de la mar, salvo pequeñas poblaciones, con la gente de las cuales no podía haber habla, porque luego huían todos, andaba yo adelante por el dicho camino, pensando de no errar grandes ciudades o villas; y, al cabo de muchas leguas, visto que no había innovación, y que la costa me llevaba al setentrión, de adonde mi voluntad era contraria, porque el invierno era ya encarnado, y yo tenía propósito de hacer de él al austro, y también el viento me dio adelante, determiné de no aguardar otro tiempo, y volví atrás hasta un señalado puerto, de adonde envié dos hombres por la tierra, para saber si había rey o grandes ciudades. Anduvieron tres jornadas, y hallaron infinitas poblaciones pequeñas y gente sin número, mas no cosa de regimiento; por lo cual se volvieron.

Yo entendía harto de otros Indios, que ya tenía tomados, como continuamente esta tierra era isla, y así seguí la costa de ella al oriente ciento y siete leguas hasta donde hacía fin. Del cual cabo vi otra isla al oriente, distante de esta diez y ocho leguas, a la cual luego puse nombre la Española y fui allí, y seguí la parte del setentrión, así como de la Juana al oriente, 188 grandes leguas por línea recta; la cual y todas las otras son fertilísimas en demasiado grado, y ésta en extremo. En ella hay muchos puertos en la costa de la mar, sin comparación de otros que yo sepa en cristianos, y hartos ríos y buenos y grandes, que es maravilla. Las tierras de ella son altas, y en ella muy muchas sierras y montañas altísimas, sin comparación de la isla de Tenerife; todas hermosísimas, de mil fechuras, y todas andables, y llenas de árboles de mil maneras y altas, y parece que llegan al cielo; y tengo por dicho que jamás pierden la hoja, según lo puedo comprehender, que los ví tan verdes y tan hermosos como son por mayo en España, y de ellos estaban floridos, de ellos con fruto, y de ellos en otro término, según es su calidad; y cantaba el ruiseñor y otros pajaricos de mil maneras en el mes de noviembre por allí donde yo andaba. Hay palmas de seis o ocho maneras, que es admiración verlas, por la deformidad hermosa de ellas, mas así como los otros árboles y frutos e hierbas. En ella hay pinares a maravilla y hay campiñas grandísimas, y hay miel, y de muchas maneras de aves, y frutas muy diversas. En las tierras hay muchas minas de metales, y hay gente en estimable número. La Española es maravilla; las sierras y las montañas y las vegas y las campiñas, y las tierras tan hermosas y gruesas para plantar y sembrar, para criar ganados de todas suertes, para edificios de villas y lugares. Los puertos de la mar aquí no habría creencia sin vista, y de los ríos muchos y grandes, y buenas aguas, los más de los cuales traen oro. En los árboles y frutos e hierbas hay grandes diferencias de aquellas de la Juana. En ésta hay muchas especierías, y grandes minas de oro y do otros metales.
La gente de esta isla y de todas las otras que he hallado y he habido noticia, andan todos desnudos, hombres y mujeres, así como sus madres los paren, aunque algunas mujeres se cobijan un solo lugar con una hoja de hierba o una cofia de algodón que para ellos hacen. Ellos no tienen hierro, ni acero, ni armas, ni son para ello, no porque no sea gente bien dispuesta y de hermosa estatura, salvo que son muy temeroso a maravilla. No tienen otras armas salvo las armas de las cañas, cuando están con la simiente, a la cual ponen al cabo un palillo agudo; y no osan usar de aquellas; que muchas veces me ha acaecido enviar a tierra dos o tres hombres a alguna villa, para haber habla, y salir a ellos de ellos sin número; y después que los veían llegar huían, a no aguardar padre a hijo; y esto no porque a ninguno se haya hecho mal, antes, a todo cabo adonde yo haya estado y podido haber fabla, les he dado de todo lo que tenía, así paño como otras cosas muchas, sin recibir por ello cosa alguna; mas son así temerosos sin remedio. Verdad es que, después que se aseguran y pierden este miedo, ellos son tanto sin engaño y tan liberales de lo que tienen, que no lo creería sino el que lo viese. Ellos de cosa que tengan, pidiéndosela, jamás dicen de no; antes, convidan la persona con ello, y muestran tanto amor que darían los corazones, y, quieren sea cosa de valor, quien sea de poco precio, luego por cualquiera cosica, de cualquiera manera que sea que se le dé, por ello se van contentos. Yo defendí que no se les diesen cosas tan civiles como pedazos de escudillas rotas, y pedazos de vidrio roto, y cabos de agujetas aunque, cuando ellos esto podían llegar, les parecía haber la mejor joya del mundo; que se acertó haber un marinero, por una agujeta, de oro peso de dos castellanos y medio; y otros, de otras cosas que muy menos valían, mucho más; ya por blancas nuevas daban por ellas todo cuanto tenían, aunque fuesen dos ni tres castellanos de oro, o una arroba o dos de algodón filado. Hasta los pedazos de los arcos rotos, de las pipas tomaban, y daban lo que tenían como bestias; así que me pareció mal, y yo lo defendí, y daba yo graciosas mil cosas buenas, que yo llevaba, porque tomen amor, y allende de esto se hagan cristianos, y se inclinen al amor y servicio de Sus Altezas y de toda la nación castellana, y procuren de ayuntar y nos dar de las cosas que tienen en abundancia, que nos son necesarias. Y no conocían ninguna seta ni idolatría salvo que todos creen que las fuerzas y el bien es en el cielo, y creían muy firme que yo con estos navíos y gente venía del cielo, y en tal catamiento me recibían en todo cabo, después de haber perdido el miedo. Y esto no procede porque sean ignorantes, y salvo de muy sutil ingenio y hombres que navegan todas aquellas mares, que es maravilla la buena cuenta que ellos dan que de todo; salvo porque nunca vieron gente vestida ni semejantes navíos.

Y luego que llegué a Indias, en la primera isla que hallé tomé por fuerza algunos de ellos, para que deprendiesen y me diesen noticia de lo que había en aquellas partes, así fue que luego entendieron, y nos a ellos, cuando por lengua o señas; y estos han aprovechado mucho. Hoy en día los traigo que siempre están de propósito que vengo del cielo, por mucha conversación que hayan habido conmigo; y éstos eran los primeros a pronunciarlo adonde yo llegaba, y los otros andaban corriendo de casa en casa y a las villas cercanas con voces altas: venid, venid a ver la gente del cielo; así, todos, hombres como mujeres, después de haber el corazón seguro de nos, venían que no quedaban grande ni pequeño, y todos traían algo de comer y de beber, que daban con un amor maravilloso. Ellos tienen en todas las islas muy muchas canoas, a manera de fustas de remo, de ellas mayores, de ellas menores; y algunas son mayores que una fusta de diez y ocho bancos. No son tan anchas, porque son de un solo madero; mas una fusta no terná con ellas al remo, porque van que no es cosa de creer. Y con éstas navegan todas aquellas islas que son innumerables, y tratan sus mercaderías. Alguna de estas canoas he visto con 70 y 80 hombres en ella, y cada uno con su remo.
En todas estas islas no vi mucha diversidad de la hechura de la gente, ni en las costumbres ni en la lengua; salvo que todos se entienden, que es cosa muy singular para lo que espero que determinaran Sus Altezas para la conversión de ellos a nuestra santa fe, a la cual son muy dispuestos.

Ya dije como yo había andado 107 leguas por la costa de la mar por la derecha línea de occidente a oriente por la isla de Juana, según el cual camino puedo decir que esta isla es mayor que Inglaterra y Escocia juntas; porque, allende de estas 107 leguas, me quedan de la parte de poniente dos provincias que yo no he andado, la una de las cuales llaman Avan, adonde nace la gente con cola; las cuales provincias no pueden tener en longura menos de 50 o 60 leguas, según pude entender de estos Indios que yo tengo, los cuales saben todas las islas.

Esta otra Española en cierco tiene más que la España toda, desde Colibre, por costa de mar, hasta Fuenterrabía en Viscaya, pues en una cuadra anduve 188 grandes leguas por recta línea de occidente a oriente. Esta es para desear, y vista, para nunca dejar; en la cual, puesto que de todas tenga tomada posesión por Sus Altezas, y todas sean más abastadas de lo que yo sé y puedo decir, y todas las tengo por de Sus Altezas, cual de ellas pueden disponer como y tan cumplidamente como de los reinos de Castilla, en esta Española, en el lugar más convenible y mejor comarca para las minas del oro y de todo trato así de la tierra firme de aquí como de aquella de allá del Gran Can, adonde habrá gran trato y ganancia, he tomado posesión de una villa grande, a la cual puse nombre la villa de Navidad; y en ella he hecho fuerza y fortaleza, que ya a estas horas estará del todo acabada, y he dejado en ella gente que abasta para semejante hecho, con armas y artellarías y vituallas por más de un ano, y fusta, y maestro de la mar en todas artes para hacer otras, y grande amistad con el rey de aquella tierra, en tanto grado, que se preciaba de me llamar y tener por hermano, y, aunque le mudase la voluntad a ofender esta gente, él ni los suyos no saben que sean armas, y andan desnudos, como ya he dicho, y son los más temerosos que hay en el mundo; así que solamente la gente que allá queda es para destruir toda aquella tierra; y es isla sin peligros de sus personas, sabiéndose regir.

En todas estas islas me parece que todos los hombres sean contentos con una mujer, y a su mayoral o rey dan hasta veinte. Las mujeres me parece que trabajan más que los hombres. Ni he podido entender si tienen bienes propios; que me pareció ver que aquello que uno tenía todos hacían parte, en especial de las cosas comederas.
En estas islas hasta aquí no he hallado hombres mostrudos, como muchos pensaban, mas antes es toda gente de muy lindo acatamiento, ni son negros como en Guinea, salvo con sus cabellos correndíos, y no se crían adonde hay ímpeto demasiado de los rayos solares; es verdad que el sol tiene allí gran fuerza, puesto que es distante de la línea equinoccial veinte y seis grados. En estas islas, adonde hay montañas grandes, allí tenía fuerza el frío este invierno; mas ellos lo sufren por la costumbre, y con la ayuda de las viandas que comen con especias muchas y muy calientes en demasía. Así que mostruos no he hallado, ni noticia, salvo de una isla Quaris, la segunda a la entrada de las Indias, que es poblada de una gente que tienen en todas las islas por muy feroces, los cuales comen carne humana. Estos tienen muchas canoas, con las cuales corren todas las islas de India, y roban y toman cuanto pueden; ellos no son más disformes que los otros, salvo que tienen costumbre de traer los cabellos largos como mujeres, y usan arcos y flechas de las mismas armas de cañas, con un palillo al cabo, por defecto de hierro que no tienen. Son feroces entre estos otros pueblos que son en demasiado grado cobardes, mas yo no los tengo en nada más que a los otros. Estos son aquéllos que tratan con las mujeres de Matinino, que es la primera isla, partiendo de España para las Indias, que se halla en la cual no hay hombre ninguno. Ellas no usan ejercicio femenil, salvo arcos y flechas, como los sobredichos, de cañas, y se arman y cobijan con launes de arambre, de que tienen mucho.

Otra isla hay, me aseguran mayor que la Española, en que las personas no tienen ningún cabello. En ésta hay oro sin cuento, y de ésta y de las otras traigo conmigo Indios para testimonio.

En conclusión, a hablar de esto solamente que se ha hecho este viaje, que fue así de corrida, pueden ver Sus Altezas que yo les daré oro cuanto hubieren menester, con muy poquita ayuda que Sus Altezas me darán; ahora, especiería y algodón cuanto Sus Altezas mandarán, y almástiga cuanta mandarán cargar, y de la cual hasta hoy no se ha hallado salvo en Grecia en la isla de Xío, y el Señorío la vende como quiere, y ligunáloe cuanto mandarán cargar, y esclavos cuantos mandarán cargar, y serán de los idólatras; y creo haber hallado ruibarbo y canela, y otras mil cosas de sustancia hallaré, que habrán hallado la gente que yo allá dejo; porque yo no me he detenido ningún cabo, en cuanto el viento me haya dado lugar de navegar; solamente en la villa de Navidad, en cuanto dejé asegurado y bien asentado. Y a la verdad, mucho más hiciera, si los navíos me sirvieran como razón demandaba.

Esto es harto y eterno Dios Nuestro Señor, el cual da a todos aquellos que andan su camino victoria de cosas que parecen imposibles; y ésta señaladamente fue la una; porque, aunque de estas tierras hayan hablado o escrito, todo va por conjectura sin allegar de vista, salvo comprendiendo a tanto, los oyentes los más escuchaban y juzgaban más por habla que por poca cosa de ello. Así que, pues Nuestro Redentor dio esta victoria a nuestros ilustrísimos rey e reina y a sus reinos famosos de tan alta cosa, adonde toda la cristiandad debe tomar alegría y hacer grandes fiestas, y dar gracias solemnes a la Santa Trinidad con muchas oraciones solemnes por el tanto ensalzamiento que habrán, en tornándose tantos pueblos a nuestra santa fe, y después por los bienes temporales; que no solamente la España, mas todos los cristianos ternán aquí refrigerio y ganancia.

Esto, según el hecho, así en breve.
Fecha en la carabela, sobre las islas de Canaria, a 15 de febrero, año 1493.
Hará lo que mandaréis
El almirante.

Después de ésta escrita, y estando en mar de Castilla, salió tanto viento conmigo sul y sueste, que me ha hecho descargar los navíos. Pero corrí aquí en este puerto de Lisboa hoy, que fue la mayor maravilla del mundo, adonde acordé escribir a Sus Altezas. En todas las Indias he siempre hallado los temporales como en mayo; adonde yo fui en 33 días, y volví en 28, salvo que estas tormentas me han detenido 13 días corriendo por este mar. Dicen acá todos los hombres de la mar que jamás hubo tan mal invierno ni tantas pérdidas de naves.
Fecha a 4 días de marzo.

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